Jan G. Otterstrom F.

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El libro de los telares que ahora nos = ocupa se presenta ante el lector cubano e internacional en acompañado de una versión al español de Julio que ha preferido seguir fielmente= el pensamiento poético antes que adornarlo con innecesarias  imágenes, o volcarlo en com= plejas estructuras literarias propias del español, pero que en este caso no darían una idea justa de la forma y la esencia expresada en la lengua original. De entrada  es necesario   precisar que = este no es un libro para pasar el rato o  escapar hacia mundos imaginarios, sino sintético,  directo, y   difícil de seguir si = no estamos atentos a la lectura.

Una sola línea es suficiente  para definir su posición: Está naciendo un siglo antinorteamericano. Y más adelante se pregunta para qué e= ste convocar a la guerra en franco desafío al mundo como no sea por el petróleo de Irak, lo que lo lleva&n= bsp; dos de sus aficiones, los estudios de economía, física, matemáticas y otras ciencias, y&nbs= p; la percepción literaria de su ámbito: ”¿P= or qué no pensamos en combustibles alternativos?/ los platillos volador= es no usan diesel./ Todo por una civilización arruinada/ y unos pocos m= iles de libros rotos, /advirtió Pound?“.

Viajero por América, Europa y A= sia, lector de Blake, Whitman, Rilke, Conrad, Henry James, y de los españ= oles Unamuno, Machado, García Lorca, gusta de la experimentación y= el análisis sin desvincularse de sus convicciones cristianas y en uno de sus extendidos  telares medita= :

 Acaso haya olvidado quién so= y,/ poeta el creador de un mundo nuevo/ reportero de la prudencia. El poema es el destierro,/ el poeta que lo cultiva/ experimenta la insatisfacción d= el destierro. /se siente perdido al margen de todo./Lejos de su hogar es siemp= re un extraño/ el extraño que no conoce la intimidad ni los límites/  y si la separación que a Holderin nombra/ cuando en medio de su locura obser= va/ el infinito espacio del ritmo/ a quien no se le concede/ la estabilidad de = la presencia/ y me priva de un verdadero hogar

En medio de una reunión= donde el abogado analiza un caso, el  profesor organiza un nuevo curso o el gerente discute los términos de un embarque de mercancías, con más holgura económica, sin duda, que sus bien leídos Rilke o Eliot, pero = con menos tiempo a su disposición  para ir en busca de la poesía, Jan se  pregunta:

“¿Es que no ven que la vi= da es sueño? ¿Una batalla entre pesadillas,/ complejidades litúrgicas, para despertar finalmente/ de nuevo frente al  Padre?”

Como Eliot, justamente —quien a = su vez toma en préstamo lemas, enigmas, graves preguntas de legajos antiguos—nuestro autor se debate entre las propuestas y  la dramática síntesi= s de pasado, presente y futuro, pero no como una unión dialéctica = sino como un eterno conflicto,  y de la  gruta primitiva  y los sucesivos episodios del desa= rrollo humano desemboca en su territorio verdadero el presente que lo atenaza, pue= s la suya no es una conciencia enajenada por los símbolos doméstic= os sino en relación angustiosa con los demás, con los otros que = nos complementan:

“Hasta ahora sólo hallamo= s una solución/ una solución, bombardear y matar/ deberíamos escuchar la voz/ de la lira misteriosa./ Se un huésped en el prado. /Tú yo no vamos a encontrar en  este mundo.”

Para una persona ilustrada que se ha ocupado de empres= as y organismos en varios países, un estudioso de complejas técnic= as que no desmiente su condición, aunque muy especial, de trovador mode= rno, un padre y abuelo de  rozagante rostro sonriente, la búsqueda de la paz interior y exterior es una constante, pero no por eso deja de meterse en camisas de once o más varas. He conversado con  &eac= ute;l sobre una de sus pasiones, la música flamenca, que estudió en España y no ha dejado de tocar nunca  en sus guitarras, sus  conciertos, algunos de los cuales = han sido llevados al disco, y su deseo de aprender bien el cantonés, cua= ndo el hipotético retiro le permita abandonar al gris ronroneo de las of= icinas que en todas partes del mundo crecen con ese aire  artificial , enervante que marchita los  juveniles entusiasmos de = los ejecutivos que sueñan con las breve delicias del week end. Es en  ese contexto que podemos entender = esta queja del Yo que nos remite a Fray Luis:

Camino por Coy= ol/ entre campos abiertos y árboles redondos/ aves por  doquier, brisa agradable/ los dulc= es aromas de la vida. Otra vez sentado/ en el malecón, en la cima del Pico Harrison/ junto a las cataratas Spokane, La Jolla/ con la vista al gran azu= l/ mirando la líneas de las olas/ En el parque, frente a la catedral/ s= obre las colinas de Guachipelíni,/ con los perros, mis perchas todas en una/ se extienden por todo Herengracht. / La i= da pasa tranquila, una familia de Brahma/ un toro, cinco vacas y tres becerros/ comiendo yerba en la sombra/ la brisa trae humo/ desde una estufa de  leña.. /Estoy solo en un mu= ndo que nadie ve.

Muchos poetas, muchos seres humanos, podrían de= cir lo mismo, pues la soledad moderna se siente de un modo más agudo ent= re la muchedumbre también portadora de una suma de soledades silenciosa= s. La contradicción entre el querer y&= nbsp; el poder, y el poder para tener, aunque al final se advierte  el vacío que las cosas van dejando en el espíritu. Ese equilibro de luchar sólo por lo necesario y no dejarse embaucar por las argucias del mercado es tarea bien difícil y Jan llega un momento en que confiesa a su diario abierto: “Muchos vivimos en un mundo falso./ Depositamos nuestra fe en dioses falsos(…) ¿En qué grado  o nivel de ignorancia vivo yo?R= 21;

Desde el claustro o el salón bien iluminado, pi= ensa en  el nirvana, tentació= ;n que con frecuencia hallamos en la literatura occidental, en la verdad y la eternidad, en la enajenación del mundo que según nuestro amigo “Es la inspiración de toda gran poesía.”  De nuevo  la sombra de Eliot se percibe: “El  tiempo perdido se c= ruza con el tiempo recuperado buscando la muerte para nacer de nuevo.”

Nacido en un ámbito donde la presencia latina s= igue siendo fuerte, Jan ha recorrido  nuestra América, se ha asentado entre los volcanes y la fecundidad terrestre de San José y desde allí se ha dejado ca= er hacia las Antillas, a veces por gestiones empresariales, otras  para asistir a eventos literarios,= y la llegada a La Habana, está, cómo no, en su Diario:<= /span>

Noviembre 11 d= e 2002, me acerco a La Habana/ desciendo de entre sucesivas/ capas de nubes —ontología de estrato/ sobre la isla./ sus tesoros escondidos = tras los velos blancos,/ el sol brilla entre/ paisajes flotantes/ sepultándonos en la última masa de vapor/ Afuer, una pared blanca/ esperando que aparezca el verde, ¡sí!,/ listo para ent= rar al sueño/ a la imaginación revolucionaria.<= /i>

Cuba será a parti= r de entonces una intensa experiencia poética que en un libro posterior,. todavía en  gestaci&oac= ute;n, dará vida a una suite y otras extensas reflexiones íntimas. Y= el latido del mundo continuará en los Telares.  A=   veces es el azoro de un tratante portugués que no lo ve maravillarse antes su oferta de mantas de seda en el mismo Macao, imágenes de cheques mancillados, la espina de que su país de origen sigue saqueando al mundo, voces que piden regresar a Kansas, y otra = vez la isla :”Camino a Cuba, el mito, el sueño/ o el gozo secreto = de la búsqueda”,  y = la sensación de que solo apartándose del  barullo del progreso hallarí= ;a sosiego, y de nuevo lo virginal (“Los cafetos florecen blan cos/ con = un dulce aroma, la verdad es el sol/ saliendo por detrás de la montaña”), el rechazo a la cosificación, la evocaci&oac= ute;n de Fenollosa como podría  ser  de Erasmo, pues si= el primero apunta que las relaciones entre las cosas son más importantes que las cosas mismas, el segundo pronto supo que la importancia que le damos los humanos a las cosas son las que le confieren un alto rango casi siempre inmerecido. Por este camino desanda Jan senderos metafísicos, se pregunta si la muerte es más completa que la vida y también: “¿Y el rígido esqueleto del hábito/ nos sostiene= por si sólo?”

            El sentimiento del destierro vuelve a sacudirlo Tanta apetencia de ciudades, sitios relevantes, lenguas, historias pueden coadyuvar a comprender el teji= do de la hora de ahora, pero también puede desconcertarnos: ”¿Dónde esta la casa, estaré perdido,/ San Francisco, Utah, La Jolla, Lausanne, Spokane, Costa Rica y luego, Jamaica y Cuba?”.

            Jan Otterstrom sigue pensando después del largo camino que el hombre crea sus propios límites, excepto en el conocimiento, y mientras se ve a = si mismo vagando en busca de ideas nuevas,&nb= sp; deja escrito en su diario:

=         &= nbsp;   Cae una llovizna lenta y constante, estoy tranquilo
tengo dos fuerzas que batallan dentro de mi (…)Esfuérzate, log= ra, crea, levántate, continúa (…)Hay aún en mi una p= arte por descubrir. Una idea

= Debería ser suficiente para organizar la vida.

=  

                       Luis Suardíaz.
Las Habana, dos de enero de 2005